Cuando el podemita Presidente de Cantabria era franquista y hablaba contra los comunistas

Mírame a los ojos», se asegura que le ha llegado a decir José Luis Rodríguez Zapatero a quien hace casi cuatro décadas invocaba la unidad de destino en lo universal en la sede de la Jefatura Local del Movimiento de Torrelavega. Franquista o joseantoniano, aliado del PSOE o del PP, cualquiera de las camaleónicas versiones de Miguel Ángel Revilla, presidente del Gobierno de Cantabria, está pasada por el tamiz de su populismo personalista, un sarampión que cíclicamente rebrota en la política española y que alumbra líderes como él, aupados en partidos diseñados a la medida de sus ambiciones (en este caso, el PRC) y mutantes según las circunstancias. De unos años a esta parte Revilla no solo es el compadre de las anchoas, sino también un leal lugarteniente del jefe del Ejecutivo, e incluso el osado exégeta de los designios monclovitas cuando airea las conversaciones de palacio y hasta se atreve a aventurar que el de León repetirá como candidato del PSOE, por la hombría de «inmolarse» ante un casi inevitable cambio de ciclo.

Lo de Revilla y Zapatero es una simbiosis en estado puro por la que quien en sus pactos con el PP (entre 1995 y 2003) había sido siempre segundo de a bordo, a la sombra de los de la gaviota (como vicepresidente del Gobierno y consejero de Obras Públicas) , alcanzó después la cumbre del poder autonómico gracias al apoyo de los socialistas. Una comunión de intereses en la que lo menos importante son las biografías, aunque la de Revilla resulte extraordinariamente reveladora. Cuando hace unos días se le reprochó en «La noria» de Telecinco su pasado franquista, con datos de hemeroteca, el presidente cántabro, acorralado y estupefacto, reaccionó con airadas quejas ante lo que interpretó como «una encerrona». A toro pasado, ha asegurado que no volverá jamás a ese programa televisivo y ha justificado su militancia en el Movimiento como algo común en aquella época «entre la mayoría de los jóvenes». Una aseveración que ha sorprendido a quienes peinan canas y saben sobradamente que, si bien el franquismo gozaba de un amplio grado de aceptación, ni mucho menos «la mayoría» de la sociedad formaba parte orgánica de él.

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